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Édgar Prado: El caballero de la fusta

20 Mayo 2018 -  by Néstor Obregón Rossi

I

Siete mil triunfos después, y frente a las tribunas de Parx Racing, un hipódromo de Pensilvania, el jinete Édgar Prado habría de recordar aquella mañana remota en la que su padre lo llevó a conocer el mundo de la hípica.

Lima, a inicios de la década de 1970, era una ciudad de poco más de 4 millones de habitantes, pero que crecía de forma incontrolable. Tenía anchas avenidas, grandes plazas y casas viejas con esculpidos balcones. Poca gente tenía mucho dinero y la mayoría de sus habitantes eran, incluso como hasta hoy, hombres y mujeres que provenían de las provincias del país y residían en lugares donde no había fácil acceso al agua potable y a la luz eléctrica.

Monterrico, el hipódromo de la ciudad, llevaba poco más de una década de inaugurado y tenía grandes tribunas e instalaciones atractivas pintadas de modo original.

Édgar era el penúltimo de 11 hermanos y residía con su familia en una precaria casa de San Luis, un barrio de reciente creación, pero donde había mucha gente. La vivienda era tan simple y frágil como un cuadro de dibujante, con un cuarto rectangular de paredes de concreto, pero sin cimientos. Con una cocina al final de lo que parecía un cubil y con un dormitorio pequeño donde debían compartir camas-camarotes.

José, su padre, era un modesto obrero. Trabajaba como vareador y asistente de entrenador en Monterrico. Tenía a su cuidado caballos de gente con dinero y debía estar todo el día limpiando las caballerizas, dando los alimentos y trayendo los baldes de agua. También cambiaba vendas y alistaba a los que iban a competir ese día. Su sueldo era modesto, pero él amaba a los caballos, tanto que nunca quiso dedicarse a otra cosa.

Zenaida, su madre, era una mujer de estatura pequeña y suave voz. Tenía la piel bronceada y el cabello negro, que ajustaba detrás de las orejas. Trabajaba en muchas ocupaciones: lavaba y planchaba ropa de otras familias, limpiaba casas, vendía naranjas y tomates en la calle. Y a veces hacía todo eso el mismo día. Con lo que ganaba iba a la bodega y compraba los alimentos que iban a cenar.

Prado y sus hermanos, iban al colegio con ropa que su madre les lavaba y dejaba lista para usar. Si había partes rotas, ella las cocía. Cuando él no estaba estudiando, vendía tomates y helados italianos en la calle. Lo que ganaba se lo daba a Zenaida para que pudiera cumplir con el ritual de la bodega.

Tras la cena, su padre se las había ingeniado para generar electricidad y hacer funcionar el televisor, la única cosa de valor que tenían por ese entonces. Don José subía a un poste ubicado fuera de la casa y con un destornillador maniobraba peligrosamente los enchufes instalados. El televisor tenía antenas de conejo y cuando encendía, uno de los hijos le iba dando indicaciones: “a la derecha”, “a la izquierda”, hasta que imagen y sonido se convirtieran en la distracción de cada noche.

Al día siguiente, muy temprano, don José debía volver a cruzar la pista, subirse al poste y usar el destornillador para dejar todo en orden.

Prado escribió estas y otras memorias de su vida en el libro “Mi Amigo Bárbaro”, publicado en el 2008 y allí se hizo la siguiente pregunta: ¿Cuáles eran las opciones para que un niño de tales orígenes llegara a ser un jinete de gran éxito en los Estados Unidos?

II

Édgar Prado regresa montado sobre el sillín del caballo “Thefundsarelow” (Belong To Me) y sus compañeros de trabajo, otros jinetes como él, salen con un cartel que dice: Felicitaciones por las 7.000 victorias. El jockey peruano no dejaba de sonreír.

Ganar 7.000 carreras es sumamente difícil para un jinete. De hecho, solo 8 han alcanzado esa cifra en toda la historia del hipismo mundial. Para llegar allí se debe recorrer un largo camino con grandes dosis de sacrificio, esfuerzo y disciplina. Es la receta perfecta para conseguir lo que algunos llaman éxito.

“¿Cómo me gustaría ser recordado? Como alguien que luchó por alcanzar sus sueños y que no lo habría logrado sin el apoyo de su familia”, dice el jockey de un metro sesenta, piel prieta y arrugas en el rostro. Es otro cuando baja del caballo. La voz pausada, el perfil bajo, la sonrisa fresca. Arriba de la montura es riguroso, aguerrido, calculador. Pero ello no le saca de la cabeza que una acción temeraria contra el rival puede terminar en una tragedia. Si Prado es querido y admirado, es porque trata al adversario con respeto.

El ejemplo más claro se dio en el 2012. Al jockey venezolano Javier Castellano se le habían soltado las riendas de su conducido en plena competencia. Prado venía con su caballo por el lado interior y al percatarse del detalle, estiró su fusta con el brazo derecho y suavemente le acercó a su oponente el cuero para que pueda tener nuevamente el control. Lejos de seguir el trámite normal de la competencia, el peruano prefirió poner en riesgo su opción en la carrera y ayudar a su compañero, con lo que podría haber evitado una tragedia. Desde ese momento, muchos lo empezaron a llamar “El caballero de la fusta”.

El último martes, Edgar Prado hizo nuevamente historia al conseguir su triunfo número 7.000 en carreras oficiales en los Estados Unidos. El lugar de la hazaña fue Parx Racing, un hipódromo de Pensilvania, y que hace unas semanas había sido escenario del lamentable accidente que le costó la vida al también jockey peruano José Luis Flores. Como si estuviera escrito, su compatriota le rindió un tribuno póstumo poniendo su sello de calidad con semejante logro.

Fue en la sexta carrera y no era el preferido de las apuestas. Se había ubicado como segundo cotizado, pero corrió como el dueño de la situación. Sobre la silla de su caballo, “Thefundsarelow”, aprovechó la mala partida del favorito y colocó a su conducido en el sector de los palos, corriendo sin mayor problema en la cuarta posición.

En plena curva final, Édgar Prado y “Thefundsarelow” atacaron por una segunda línea y se fueron en busca del puntero de la carrera, “Shur Fox”, al que dominaron con cierta facilidad cuando entraron a la recta de la emoción. De ahí en adelante, el virtuoso jockey peruano defendió su posición con destreza, controlando el embate de “Extrasexymazzerati”, que atropelló fuerte para rematar en el segundo puesto, a medio cuerpo del ganador.

La carrera tuvo una distancia de 1.600 metros y Édgar Prado resolvió todo en 1 minuto 42 segundos 50 centésimas. A su regreso a la tribuna, el público asistente ovacionó al piloto de 50 años, mientras que su nombre y el record obtenido fue rápidamente viralizado en las redes sociales por los miles de aficionados a la hípica.

III

“Lucha. Deber creer que en el futuro todo será mejor”, le respondía Zenaida, su madre, cuando casi al borde de tirar la toalla, el joven Edgar le escribía en largas cartas desde Miami su preocupación por que las cosas no salían como esperaba y el dinero se estaba agotando.

Había llegado a los Estados Unidos solo unos meses antes, a inicios de 1986, con una maleta cargada de sueños y una mayoría de edad recién cumplida. Dejó en Lima su posición de jinete juvenil líder y con proyección para perseguir el ‘sueño americano’. Demoró mucho en ganar su primera carrera. Fue el 1 de junio de ese año, en el Hipódromo de Calder, en Miami, montando al caballo “Single Love”.

Fue dos años después, en 1988, que su nombre empezaría a sonar fuerte. Tras pasar por Massachusetts se instaló en Maryland y allí ganó su primer stakes (clásico) con el caballo “Pappas Swing”. Fue el 16 de julio. Al final de ese año acumuló premios por encima del millón de dólares.

Para el final de la temporada 1990, Édgar Prado había ganado por primera vez en su trayectoria más de 300 carreras en un año y semanas después festejaba su triunfo número 1.000 en los Estados Unidos.

En 1992 batió su propio record, ganó 350 carreras y acumuló premios por encima de los 5 millones de dólares. Hacia 1995 ya había alcanzado los 2.000 triunfos en el mercado estadounidense y en 1997 quedó como el líder absoluto de carreras ganadas en los Estados Unidos, con un record de 535 victorias, cifra que no ha sido superada hasta el día de hoy. Era el año en el que cruzaba la valla de los 3.000 éxitos en la hípica americana.

Hacia 1999 ya generaba ganancias a los propietarios de caballos por encima de los 10 millones de dólares y para el año 2000 ya estaba celebrando las 4.000 victorias.

Entre el 2002 y 2006 fue, consecutivamente, la segunda mejor fusta de los Estados Unidos en el rubro de premios acumulados, con ganancias por encima de los 18 millones de dólares.

El primer triunfo en una corona llegó en el 2002. Se trató de la gran victoria con “Sarava” en el Belmont Stakes (G1). Dos años más tarde, ganaba esa misma competencia con “Birdstone”. Fue en el 2004 que ya superaba los 5.000 triunfos por medio del caballo “Wynn Dot Comma” en el Swale Stakes, disputado en Gulfstream Park el 13 de marzo.

En el 2005, completamente consagrado, ganó dos pruebas de la Breeder’s Cup: la Juvenile Fillies (G1) con la potranca “Folklore” y la Sprint (G1) con el caballo “Silver Train”.

Pero el 2006 fue un año de contrastes. Su madre Zenaida falleció en enero, tras una dura batalla contra el cáncer. Pero a inicios de mayo, Édgar alcanzaba la gloria máxima cuando condujo a Barbaro en el Kentucky Derby (G1), aunque el revés llegó a los pocos días, en el Preakness Stakes (G1), cuando el mencionado caballo se quebró una de las patas traseras y tuvo que ser sacrificado tras no resistir la lesión.

La imagen de Prado se hizo tan popular como la historia de Barbaro. Y el nombre del peruano volvió a sonar fuerte en noviembre, cuando ganó su tercera Breeder’s Cup: la Distaff (G1) con la yegua “Round Pound” y cerró la temporada con US$ 19.762.813 de premios generados. Por todo ello fue galardonado con el Eclipse Award como el mejor jinete del año en los Estados Unidos.

Su victoria número 6.000 en ese país llegó el 19 de febrero del 2008 por medio del caballo “Sumphin” y lo hizo en Gulfstream Park. Un mes y medio después ganaría dos carreras del millonario mitin hípico de Dubai: Con “Diamond Stripes” en la Godolphin Mile (G2) y con “Benny The Bull” en la Dubai Golden Shaheen (G1). En agosto fue exaltado al Salón de la Fama del turf y es, hasta el momento, el único jockey peruano en llegar tan alto en la industria de la hípica americana.

Para el 2010 y cuando algunos ya pensaban que su carrera andaba en descenso, ganó su cuarta Breeder’s Cup. Fue la Filly And Mare Turf (G1) con “Shared Account”. Y en el 2015 ganó la Breeders Cup Sprint (G1) con el caballo “Runhappy”.

Lo conseguido el último martes no solo es un hito más en la trayectoria deportiva de este virtuoso látigo que el 11 de junio cumplirá 51 años, es la historia más real de la persona que se sobrepone a las adversidades y se forja el camino que uno mismo quiere. “Me gustaría correr más carreras, pero el tiempo no pasa en vano. Y así como yo llegué a reemplazar a otros, hoy aparecen nuevos chicos para tomar mi lugar. Todavía tengo muchos logros por cumplir. Me gustaría, antes de retirarme, ganar el Derby Nacional peruano y darle a mi país un triunfo en una carrera internacional, como el Pellegrini o el Latinoamericano. Es un sueño pendiente”.

¿Al final de todo este camino, con qué lección se queda?

- Yo aprendí que en esto, como en todo, hay que ponerle alma, corazón y vida. Que no hay sueño pequeño. Que para llegar a algo grande, hay primero que soñar con algo grande. Y que no importa cuántas veces uno se caiga, lo importante es la cantidad de veces que te levantas para seguir adelante.

 

Leyendas:
Foto 1: Edgar Prado la noche de su ingreso al Salón de la Fama de la hípica estadounidense (2008)
Foto 2: El pequeño Edgar junto a dos de sus hermanos mayores: Edwin y Sara (1971)
Foto 3: Prado posa tras ganar su primera carrera en Estados Unidos con el caballo "Single Love" (1986)
Foto 4: El laureado jinete nacional luego de ganar su carrera 7.000 en los Estados Unidos (2018)
Foto 5: "El caballo de la fusta" la tarde que ganó la Copa Robalca en Monterrico (2011)

Modificado por última vez en Lunes, 21 Mayo 2018 07:58